Tuesday, July 10, 2007

Nieve en Buenos Aires

9 de julio de 2007. Curioso día de la patria éste. Son las 4 de la tarde y hace una hora que mi ventana, así como la de millones de personas que viven en la provincia de Buenos Aires, se vieron invadidas por los incontables, maravillosos, copos de nieve. Para hacerle justicia, por cristales -los que, al caer sobre el pasto, lo tiñen entero de blanco, como si una manta fresca y limpia se hubiese depositado allí, sin más-. Estoy parado en la puerta, contemplando el espectáculo. Difícil describir lo que se siente. Uno de los cristales rueda por mis dedos, derritiéndose, tal es su efímera existencia. Tengo la piel de gallina, pero no por el frío, casi ni lo siento. ¡Con tal de que esto no se acabe!
Pasan los minutos, enciendo un cigarrillo, lo fumo. Espero. Nuevamente la mecánica del encendedor y el pucho. Y la espera. ¿Qué estoy haciendo? No lo sé.
Sí que lo sé. Estoy inmóvil, pero algo en mí se encuentra allí, junto a la nieve, que revolotea por las copas de los arbóles, jugando a adornar los autos, bailando una danza de otro lugar.
Creo que ya pasó una hora, probablemente hayan sido diez minutos. Los chicos ya están en la calle.
Hoy somos todos chicos. Especialmente los grandes, los mirás a los ojos y te das cuenta.
Encima es feriado nacional. Nadie trabaja, las obligaciones, los relojes, la estupidez de la rutina hoy han dejado de existir.
Tengo que escaparme. Las tontas paredes de mi casa me expulsan, me incitan a unirme a la marejada humana que va por las calles.
Ya estoy en camino. Lanús under the snow, ja, ja!
Hay gente yendo y viniendo, con gorros, guantes y camperas. Yo no tengo ni gorro ni guantes -ahora les dicen mágicos-, apenas una campera y un sueter. Todos sacan fotos, con celulares, cámaras. Yo no tengo cámara, y mi celular no saca fotos ni filma ni nada. ¿Frío? Ya dije, el frío no se percibe siquiera. O no importa. No me importa.
Ya sé que no voy a cruzar el puente Uriburu. No este día. Las calles, las esquinas de mi barrio, de Valentín Alsina son las únicas que transito. Mi aldea es el lugar más hermoso del mundo, me digo. El tiempo me dará la razón, cuando, al volver a mi casa, a apenitas una cuadra de la ventana que vió la nieve por vez primera, dos de los tres potreros del barrio, uno enfrente del otro, ya sean una carpeta blanca y clara, que brilla, alegre en su virginidad, sin huellas que la horaden. Sólo hasta la mañana siguiente, cuando el sol haga su trabajo, los vestigios de este día inolvidable, los últimos, desaparecerán. Ya dejamos de ser chicos otra vez. La nieve se fue.

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