Contra la seriedad
(No quiero crecer)
Definitivamente, y al notar que los años se alejan, dejándonos nada, o casi nada que valga la pena, empezamos, pues, a comprender que el mundo no pasa de ser un teatro operacional de patologías, de enfrentamientos mentirosos, de esnobismos de café, la tradicional pose del narcisista caprichoso, tan parecido a la vedette de la revista de turno que da asco. Son ellos quienes, desplegando un espectáculo donde la sinceridad no existe y la pomposidad es moneda corriente, aparentan revelarnos el universo, para terminar resultando iguales al ruido de una moneda que, solitaria, cae en un tarro de metal. Son ellos, los señores que detentan el poder no cesan de decirnos: “Sean serios, no pierdan el tiempo en nimiedades, comprométanse con la realidad”. O las instituciones académicas (que abundan), al exigirnos: “Sean serios, no se distraigan, capacítense”. O la Iglesia: “Sean serios, no vacilen, no se burlen de la santa unión”. ¿Cómo no ver en estas instituciones, que, superficialmente, aparentan tan buenas intenciones, el embozo de la mentira? Al construir cerebros a la medida de sus intereses, estos individuos niegan toda posibilidad a la fiesta, al desarreglo de los sentidos, al éxtasis, a la carcajada. ¿Para qué? Voy en pos de la risa atronadora ante la cara del clérigo asustado, la que nos arranque las cadenas que nos enseñaron a llevar con orgullo. Voto a favor de que los políticos anden tal como llegaron al mundo, y dejen así de provocar deseos de escupirlos cuando ofrecen sus discursos mentirosos. Pido que en la Universidad se dicte la cátedra: “La epistemología de la palabra caca”, y que los profesores divaguen entre las mesas las teorías más descabelladas.
Porque... ¿qué ley nos obliga a adoptar la seriedad como práctica? Si resulta cierto eso de que vivimos en un circo de considerables dimensiones, ¿por qué no puedo ser el payaso y reírme de mi propia estupidez y de la que circunda a mi alrededor? ¿Por qué tantas inútiles lágrimas? Es mentira que las lágrimas son patrimonio de la gente sensible. Llorar, llora la señora que, en la telenovela de las tres ve a la protagonista casarse con el villano. Hay otros caminos para expresar la sensibilidad propia, y me parecen dueños de una valentía y una potencia de la que la tristeza carece.
Esa es la idea que esconde a la felicidad. El hombre no nació serio, y, en todo caso, tiene en sí tantas cantidades de seriedad como de desparpajo, como también similares dosis de inteligencia y frivolidad, las suficientes para que, llegada la hora, la personalidad que uno se forje salga de una mezcla heterogénea, las suficientes para que la decisión recaiga sólo en nuestras manos.
Ojalá fuera una cuestión de libertad de expresión. Pero me temo que va más allá. Desde chicos, nos enseñan a alimentar el parásito del respeto, diseminado en miles de variantes, a saber: el respeto a los mayores, el respeto a la autoridad, el respeto al poder, el respeto a La Ley, el respeto. Véase que, prestando mayor atención, tanto los mayores, como la autoridad, el poder y La Ley son partes de un corpus, donde los roles van y vienen, donde un mayor puede ser, al mismo tiempo, el poder, donde sólo se intercambia un nombre por otro, una figura por la de al lado, una frase armada por otra frase armada. Es evidente que el amor por el respeto que nos inculcan (que va de la mano con la seriedad en la práctica) no es sino el amor por el respeto a ELLOS, por lo que buscan etiquetarnos, transformarnos en hombres y mujeres de sociedad, hacernos adultos, formados y serios.
Nos educan. Desde chicos, en el colegio, aprendemos a perder el sentido lúdico de la vida, aprendemos el sabor del fracaso de despertarse a la mañana, aprendemos la seriedad en el rostro abotonado, a llevar la camisa impecable, a someternos, a pensar como la manada quiere que pensemos. Aprendemos a enfilarnos, cual filas uniformes y grises, hacia la sociedad, a caernos de bruces en ella. Aprendemos a no soñar, aprendemos a naufragar en la rutina tediosa para implorar un rato de sueño, aprendemos a revivir los días en pesadillas que nos desvelan a mitad de la noche. Aprendemos el deber, los códigos civiles, aprendemos a tener ideas “correctas”. Aprendemos la conformidad: ya adultos nos casaremos bajo el amparo de Dios, formaremos una familia, tendremos un trabajo mediocre. Habremos perdido la oportunidad. Seremos los muertos vivos del futuro, incapaces de reírnos, buceando en un futuro improbable a nuestras frustradas ambiciones, y añorando un pasado distante y borroso.
Para finalizar, unos versos de la canción de Tom Waits “No quiero crecer” (I don´t wanna grow up), versionada por The Ramones en su último disco, “Adiós Amigos”:
No quiero estar lleno de dudas
No quiero ser un buen boy scout
No quiero tener que aprender a contar
No quiero tener la cuenta más grande
No quiero crecer
Saturday, May 06, 2006
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