Sobre el exquisito arte del robo
Dice uno de los diez mandamientos: "No robarás". Eso ya de por sí presupone una eternidad de infiernos para el culpable, o por lo menos, un purgatorio de idénticas proporciones, algo equivalente a llegar a los cincuenta años para sentarse ante el espejo y reprocharse las malas palabras que uno pronunció a lo largo de su vida, con la salvedad que aquí todos te señalan con el dedo y no se tienen pruebas para negar nada. Pues bien, si usted es uno de los que temen a los fuegos y va por la vida a paso seguro, cuidándose de pisar las flores del vecino por temor a que éste lo denuncie a la Policía 2, entonces hará bien en saltearse el resto de este artículo.
Si, en cambio, usted guarda en su interior una íntima desconfianza a la real existencia de los fuegos eternos, y mejor, si se considera una persona con demasiados pocos escrúpulos -como yo- quizás esté dándole información inútil, pues ya debe de saber lo suficiente del arte como para recibir consejo, posiblemente mucho más que lo que yo puedo decir al respecto. Sin embargo, le sentará bien leer las siguientes líneas, ya sea para ver en ellas su propia experiencia, o, sencillamente, para saber -más bien corroborar- una cosa: amigo, no está solo en el mundo.
Yo no empecé con esto: la sabiduría delictiva de los animales
El robo, junto con la prostitución, es uno de los oficios más antiguos de la historia universal. Ya antes de que el hombre completara el trabajo de erguirse sobre sus dos piernas y dejara atrás su condición simiesca, para transformarse, poco a poco, en lo que es hoy, existía el arte del hurto, practicado hasta el hartazgo en el ámbito del reino animal, como método de supervivencia.
La hiena es conocida por movilizarse en manadas de siete u ocho ejemplares, junto con los cuales "roba" la presa que otro animal ha cazado. Podemos ver este ejemplo repetido en las bandas numerosas que penetran el interior de casas o bancos, gritando y portando las armas verticalmente. El arma de las hienas es su aullido, que al oído humano parece una carcajada. De ahí lo de la "risa de hiena". El depredador menor huye, asustado, y la manada disfruta del hurto, y sale inmediatamente en busca de otra víctima.
Algunos animales son más creativos. Un ejemplo de esto es el zorro. Cuando la noche es completa, este animal, tan conocido por su astucia, avanza sigilosamente por el bosque, sin ser descubierto jamás. Todo le sirve: huevos, pequeños animales indefensos. Parecido, aunque diferente, es el modus operandi de la comadreja. Igual de sigilosa que el zorro, y no menos astuta, la comadreja ingresa por los huecos de los graneros y arma un despilfarro entre las gallinas del lugar robándole los huevos. Más despiadada que su compañero de los bosques, la comadreja no duda en cometer grandes asesinatos si la situación lo requiere, a saber: que el robo no pueda llevarse a cabo, o bien, que la carne fresca de las gallinas le sea más apetitosa, o, quizás, que siendo tan glotona, prefiera las dos cosas.
Los zánganos hicieron fama de mal vivientes y vividores. La gracia con la cual extraen la miel del panal hace las delicias de millones de hombres, que intentan continuar, con diverso éxito, con la milenaria tradición, aunque lo hacen silenciosamente, ofendiéndose cada vez que alguien los llama zánganos. Por lo general, estos hombres son conocidos como "señores", mote que trasladan a cualquier lado, en especial a fiestas y reuniones, donde abundan las probables víctimas de su robo.
Por no hablar de los mapaches, que no se conforman con alternar la caza con el robo hecho y derecho, sino que se encargan de lavar la comida delante del damnificado (los mapaches no generan saliva), haciendo que el pobre cazador cazado contemple cómo un rico conejo, agua mediante, se transforme en un trozo de rata infecta.
¿Y qué decir, entonces, de los gatos, que entran a hurtadillas a nuestros patios y le arrebatan la comida a nuestros perros, que duermen tranquilos su siesta de la tarde sin percatarse en absoluto de que en unos segundos van a quedarse sin bocado para la noche? Sin duda, el tema de los gatos es un ejemplo por excelencia del ladrón con alto estatus social, del ladrón aristocrático. No olvidemos que, en el Antiguo Egipto, los gatos eran animales sagrados. Así lo inmortalizan miles de los millones de jeroglíficos que adornan las tres pirámides de Gizeh y otras estructuras menores, donde el gato encabeza solemnes rituales, rodeado de acólitos que lo veneran de rodillas.
En los tiempos que corren el gato ya es considerado un animal sagrado (o por lo menos no como en la antigüedad). El dato no es oficial, e inclusive es anacrónico, pues en la época en la cual fue escrito los gatos no gozaban del estatus de deidades, pero es sabido que muchos felinos piensan que esta pérdida de respeto se debe a la aparición de Plutón, famoso por encarnar al Gato Negro en el relato de Edgar Allan Poe. Es éste, probablemente, el ejemplo clásico del gato traidor, el que lleva a su dueño a la horca, luego de descubrir ante las autoridades el lugar donde éste había escondido el cadáver de su esposa, asesinada en un lapsus de locura. Sin embargo, hoy por hoy, a pesar de ser ladrones confesos, o quizás por eso mismo, los mantenemos en casa, les prodigamos comida, afecto, una caja de arena y kilos de lana desembrollada. Pero, en lugar de enojarnos con su actitud delictiva, les instamos a que se empeñen en mejorar su ardid cada día. Esto es así porque el gato, como ladrón, es utilitario a otros fines. Dejemos un gato en nuestra puerta. Démosle de comer un tiempo. Luego, progresivamente, suspendamos las raciones. El animal inmediatamente irá a llenar su estómago a la casa del vecino. Si no lo lograse con artimañas (ronroneos, maullidos, roces constantes contra la pierna) lo logrará por otros medios, por ejemplo el de esperar paciente entre las sombras a que el vecino o vecina salga de su casa para entrar en ella, o bien, el ya harto conocido truco de pasear por las narices del perro dormido en el patio delantero, dar uno o dos giros y salir corriendo hacia el árbol más cercano con el objeto del robo entre los dientes.
"Roba a otro ladrón y tendrás cien años de perdón", o cómo un ladrón logra la aclamación del pueblo
Robin Fitzwalter, hijo del conde de Sherwood, instalado en el bosque del mismo nombre, junto a un grupo de fieles, atacaba a los cortesanos del príncipe Juan Sin Tierra y repartía los bienes entre los pobres, por lo que, con el correr de los meses, fue ganando fama y apreciación como salteador de caminos, y empezó a ser llamado Robin Hood, por la capucha que siempre lucía sobre su cabeza. Se comentaba que la habilidad de Robin con el arco era tan prodigiosa que, luego de pasar un tiempo escondido en los bosques de Sherwood, se presentó con sus amigos a un torneo de tiro con arco en una ciudad próxima. Dice, en el texto, de autor anónimo, que relata su vida: "Todos los premios del torneo los acaparó el grupo de Sherwood. Finalmente, la última prueba, recompensada con una bolsa de monedas de oro, la superó sin dificultad Robin Hood para asombro de todos los presentes.
"Cuando el alcalde de la ciudad entregó el premio al vencedor, le preguntó su nombre. Robin, vestido como un caballero y sin su típica capucha, contestó:
"-Mi nombre es Robin Hood.
"La carcajada fue general. Cuando las risas cesaron, el alcalde volvió a preguntar al ganador por su nombre.
"-Señor, ya os lo he dicho. Mi nombre es Robin Hood.
"El alcalde comprendió entonces que el desconocido no estaba bromeando. Llamó a gritos a sus soldados para que lo apresaran. Pero era demasiado tarde. Robin y los suyos habían huido a todo galope en sus caballos."
Otra famosa anécdota relata la incursión de Robin y los suyos al castillo de Hugo de Reinault, a fin de rescatar a Mariana:
"Robin reunió a todos sus hombres. Ya sabía que Mariana se hallaba en el castillo de Hugo de Reinault, como antes había sucedido con Much y Richard At Lea. Debían trazar minuciosamente el plan que les permitiera conseguir su liberación.
"Estaban discutiendo cómo realizar el ataque al castillo, cuando los vigilantes advirtieron que un caballero se acercaba al galope.
"A los pocos minutos, un misterioso caballero apareció ante ellos. Robin sujetó las bridas del caballo.
"-¿Quién eres que te interpones en mi camino?- preguntó.
"-¿Acaso no sabéis que en Sherwood no se puede entrar sin mi autorización? ¿Por qué habéis elegido este camino?
"-¿Me encuentro frente a Robin Hood y los suyos? Me habían advertido sobre este peligro, pero deseaba conocerlos y conocer las razones que les han llevado a enfrentarse a los normandos.
"-Pero vos lleváis escudo y armas normandas- dijo Robin, muy impresionado por la misteriosa figura y por la seguridad de su tono.
"-Lo soy, joven. Pero no debes considerarme un enemigo por el momento. Deseo conocer los motivos que os han llevado a enfrentaros al príncipe Juan. Si me parecen razonables, podéis contar conmigo. Si no es así, os combatiré.
"Durante algunas horas, Robin contó su historia al desconocido. Éste escuchó con gran atención y después pidió a Robin que le dejara descansar un rato para meditar su decisión.
"-Os ayudaré- anunció el caballero poco después. Vuestras razones me han convencido. Estoy a vuestras órdenes.
Cuéntase que, después de largarse de haber rescatado a Mariana y de haber cargado todo lo que era de valor, incendiando la fortaleza luego, Robin buscó al caballero que los había ayudado. Ni rastro de él. Nadie recordaba haberlo visto en los últimos momentos.
Hete aquí, pues, el ejemplo del ladrón que honesto que ofrece, del ladrón desprendido, una especie ya extinguida en el mundo, la cual podemos apreciar sólo en los textos que relatan sus peripecias.
Mercenarios: el ladrón asalariado o el sueldo de ladrón
Aunque se conocen más -y mejor- por su oficio de asesinos a cuenta, repetido hasta el hartazgo por la cinematografía de Hollywood y por sus series, tempranas o posteriores a los filmes, los mercenarios ladrones forman un conglomerado vasto, que por lo general actúa fuera de la ley o para la ley. Inclusive hay casos en los cuales el mercenario ladrón actúa fuera del marco legal y, a la vez, trabaja para una autoridad. Tal es el caso de los presidiarios que son soltados por sus carceleros para que delincan libremente, con la condición de que a la noche regresen al cobijo de sus celdas. Esta actividad, por supuesto, conduce a una mejora en las condiciones del preso en cuestión, que se traduce en beneficios muy apreciados como son: una celda de lujo para él solo con baño incluido, comida buena, una mujer en la cama todos los fines de semana, televisión, libros a granel, provisión diaria de alcohol y drogas; o bien, otros más humildes -aunque no menos estimados- como: cesación de actividades físicas, protección contra violaciones o ropa de mediana calidad.
Inmortalizados por el cine, los espías son una variante meticulosa del ladrón. Dedicados a robar solamente información valiosa, y poco o ningún objeto, ayudaron a perpetuar -o derrumbar- muchos imperios. Muchos de ellos adscribían a la causa, por lo que es inexacto hablar de ellos como mercenarios. Pueden ser patriotas o locos, o aventureros estatificados, trabajando para la patria, y al mismo tiempo llenando sus bolsillos. Estados Unidos e Inglaterra gozaron de una población de espías tan extensa, que varios de ellos se convirtieron en escritores de éxito. Ahí tenemos a Jhon Le Carré o Graham Greene que agotaron ediciones enteras de sus libros de espionaje. O Ian Fleming, que inmortalizó a su alter ego James Bond en decenas de títulos.
Pero, tarde o temprano, el amor a la bandera no alcanza, y cualquier gobierno hecha mano a los mercenarios. ¿Qué hubiera sido de la Alemania nazi sin sus espías a sueldo, infiltrados entre los rusos? ¿Y qué le habría pasado a la Unión Soviética sin sus mercenarios enviando información desde Berlín mismo, lo que llevó al derrocamiento del régimen del Fuhrer, algo impensado un par de años antes?
Políticos y empresarios: hacerse rico de la noche a la mañana con el trabajo (y el dinero) de otros
He aquí el ladrón más evolucionado, aquél que, lejos de desdeñar cualquiera de las artimañas de los especimenes precedentes, busca reunirlas a todas. Puede ser, a la vez, y sin pestañear: ratero, estafador, asesino, traidor; puede, en ocasiones, comportarse igual que un animal; puede inclusive dedicarse a actividades ajenas al robo si la situación lo amerita como violar o hacerse violar a él mismo, desaparecer personas, ocultar datos, mentir, y decir la verdad, o decir la verdad mintiendo. Damas y caballeros, con ustedes: los políticos y los empresarios.
No es necesario recurrir a la ficción literaria, cinematográfica o televisiva para dar cuenta de ellos, ya que son tan abundantes y ocupan cualquier sitio en el globo a tal punto no existe nación, colonia o isla paradisíaca que no posea unos cuantos. Sin embargo, cabe nombrar a un par, absolutamente ficticios, o no -quién sabe-, que lograron convertirse en celebridades. Uno es Lex Luthor, el arhienemigo de Superman, "la mente perversa más poderosa del planeta". O el Gran Hermano de George Orwell, aquélla la fábula de horror y desesperanza que se llamó 1984. GH, el enemigo invisible de quienes, como Wiston Smith, odiaban al régimen e imagen de adoración del resto de Oceanía, que, lavada la cabeza bajo el aplastante gobierno del Insog (Socialismo Inglés), seguía los designios del hombre de facciones endurecidas y bigotes abundantes, cuya existencia no estaba asegurada.
Escribió Maquiavelo, en el célebre libro El Príncipe: "Divide y reinarás". Desde allí, numerosos gobernantes buscaron ahondar en la frase, llevándola a su uso práctico. En 1976, en la Argentina, una junta militar encabezada por el general Rafael Videla tomó el control del país, conduciendo el precepto de la división a la exageración. Frases como: "Algo habrá hecho", o: "¿Sabe usted dónde está su hijo?" dividieron al país en dos partes: El Gobierno y los otros. El Gobierno era El Estado, El Mercado, La Iglesia, La Familia. Los otros eran "zurdos", simplemente. Por medio del terror, los generales de las tres juntas que gobernaron hasta 1983 ejercieron todas los métodos habidos y por haber: torturas, robos, asesinatos, atrocidades sexuales. Hicieron publicidades donde mostraban cuán grande era La Argentina, y qué equivocados y qué malos eran los otros. Obras públicas espectaculares, el mundial de fútbol de 1978 y artimañas similares les fueron útiles para desorientar a la población, mientras mataban a cualquiera que osaba levantar un poco la voz en medio de tanto ruido. A las organizaciones de derechos humanos extranjeras, que llamaban la atención por las violaciones que se cometían en la Argentina, les respondían con frases gancheras: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Sólo cuando el tema de los desaparecidos era incontrolable, Videla pronunció una frase que quedó para la historia: “Un desaparecido es un ente, algo, alguien que no está”.
Menem, quizás, el artista del robo más sutil que ha dado la Argentina, se subió al pueblo al hombro con su: “Síganme, que no los voy a defraudar”. Empezó pobre y terminó millonario y con una sonrisa enorme. Empezó vestido de gaucho, encima de un caballo, remedando a Facundo Quiroga y terminó de traje besando la mano de los representantes del FMI. Pero no habría sido Menem sin Cavallo, su fiel ladero y mano derecha, creador de la obra del arte fraudulento más grande de la historia: La Convertibilidad. Así, y de la noche a la mañana, un peso valía tanto como un dólar y la gente salía a gastar el dinero, mientras se hacían concesiones para vender YPF y transformar al trabajo en una changa, y a la changa, en nada. Federico Klemm, Charly García, Diego Maradona, Moria Casán fueron algunas de las celebridades que contribuyeron al inmenso lobby menemista. Empresarios como Macri (padre e hijo) y Roca se beneficiaron con la política del uno a uno hasta tal punto que Macri hijo se presenta a cada elección como el candidato (la información no es oficial) “sucesor del presidente más grande en la historia de la Republica Argentina”, dicho tan frecuente del dueño del Canal Nueve, del diario Infobae, la radio FM. La Mega, la radio AM. diez, y otros emporios e incuestionable amigo del doctor Saúl, Daniel Hadad.
Conclusión
¿Qué más decir? Si aún continúan vivos, muy poco. Sólo espero haberles hecho pasar un rato agradable antes de comenzada la actividad diaria. Para despedirme de todos ustedes, ladrones, grandes o pequeños, rateros o estafadores, clandestinos o legales, encumbrados o marginales, pungas o versificadores de fina inteligencia, una frase: ¡A robar, que se acaba el mundo!
Wednesday, May 03, 2006
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